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¿POR QUÉ NADIE SUBE AL FURGÓN?
El año pasado tuve la suerte de compartir el viaje con un amigo. Me sorprendí una mañana cuando lo crucé en el andén y me comentó que había comenzado a trabajar. Nunca, hasta ese momento, compartimos una gran relación. Pero el tren generó confianza y hoy disfruto de una linda amistad. El tiempo pasó, el frío y la fiaca se hicieron cotidianos en las charlas madrugadoras que comenzamos a tener. Pero un día desapareció. No lo vi más, así como el destino nos guió hacia el mismo vagón, también nos separó. Debo admitir que los viajes se me tornaron un poco pesados. Soy una persona a la que le gusta hablar y, aunque mi papá viaja conmigo también, empecé a sentir aburrimiento.
Las pocas ganas de caminar hacia la estación se acrecentaron debido a la "soledad" que tenía cuando llegaba (lo pongo entre comillas porque en el tren lo que menos sentís es eso, te apoyan de todos lados... ¡Y eso que soy hombre!). Así es que fui atrasándome de a poco y el horario en que compraba el boleto fue cada vez más tarde.
Una mañana estaba a una cuadra de las vías y vi que la barrera bajaba lentamente. Comencé a apurar el paso, pagué el pasaje y llegué justo cuando se detuvo el tren. Esto generó que me subiera a uno de los primeros vagones, más específicamente en el furgón. Cuando levanté la vista lo vi a él. Sí, el destino nos volvía a cruzar.
- ¿Qué haces? ¡Tanto tiempo!
- Estoy viajando en el furgón. No sube nadie acá, viajas re cómodo. No sé por qué nadie sube.
- ¿En serio?
- Sí, vas a ver.
Y vaya si tuvo(y tiene) razón. Ese día disfrute de un viaje excesivamente libre, sin aprietes, ni nada que se le parezca.
Ahora volví a viajar con él y aunque no siempre subimos en el furgón, por lo menos comparto charlas interesantes. Como hoy, como ayer. Y espero que por mucho tiempo más, Eze.
HISTORIAS DE VIAJE
"Es lo único que me faltaba", se repite día a día en la cabeza de los pasajeros de los medios de transporte argentinos. A veces los labios dejan escapar el pensamiento y le dan sonoridad. Otras, sólo queda guardado en el inconciente. La realidad es que todos los que alguna vez viajaron en tren, colectivo o taxi pensaron eso.
Viajar apretado es, aunque no debiera, algo normal. El conocido dicho "viajamos como ganado" cada vez se populariza más y esto genera diferentes consecuencias. La gente se muestra cada vez más resignada y mira como a un animal a su compañero ocasional de viaje. Las discusiones son moneda corriente. Sin embargo, en cada día se genera una nueva historia.
Usaré este medio como descarga. Para compartir con el mundo cybernetico los pesares de ser una persona más de la sociedad en la que vivimos. Historias de viaje será solo una de las categorías, porque compartiré diferentes momentos o pensamientos con ustedes, los lectores.
Pese a haber presenciado peleas, discusiones, gente fumando marihuana, puteadas, en otras situaciones, logré sorprenderme con algo que ocurrió la semana pasada en uno de mis viajes matutinos: una persona, en plena hora pico, vomitó en el tren. El protagonista de este hecho era un borracho que, vaya a saber uno por qué, viajaba a las 8 de la mañana en uno de los coches de la ex línea Sarmiento. No tuve más remedio que tomarlo con gracia. Por suerte no estaba al lado de este individuo y vi la acción a la distancia, pero alguien sí se ubicaba cercano a esa persona y, como se podrán imaginar, sufrió el hecho. El viaje siguió, entre risas y murmullos se fue olvidando lo ocurrido. Como siempre, todo pasa y "lo único que me faltaba" sigue repitiéndose con tal normalidad que parece una mentira.
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